Cataluña no necesita competir con Madrid; necesita competir consigo misma

Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre si Cataluña ha perdido el liderazgo económico frente a Madrid. Los datos son conocidos: Madrid tiene hoy un PIB ligeramente superior, concentra más sedes corporativas, más centros de decisión y un PIB per cápita más elevado. Es una realidad que no puede negarse. Pero convertir esta comparación en un marcador entre dos territorios, como si se tratara de un partido, es un error que nos aleja del debate verdaderamente importante.

La cuestión no es si Cataluña gana o pierde frente a Madrid; la cuestión es qué debemos hacer para que las empresas catalanas sean más competitivas, más productivas y tengan una mayor capacidad de crecimiento.

Cataluña sigue contando con unos activos extraordinarios. Somos la principal economía industrial de España (con un VAB industrial que supera en más del doble al de Madrid), concentramos una cuarta parte de todas las exportaciones españolas, disponemos de un ecosistema científico e innovador de primer nivel, somos uno de los principales polos de startups del sur de Europa y mantenemos un tejido empresarial extraordinariamente diversificado. Pocas regiones europeas pueden combinar, al mismo tiempo, industria, exportaciones, turismo, universidades, investigación y emprendimiento. Por ello, el relato de la decadencia sencillamente no se ajusta a la realidad.

Ahora bien, esto no significa que podamos instalarnos en la autocomplacencia. Cataluña arrastra problemas estructurales que conocemos desde hace demasiado tiempo. La productividad sigue por debajo de lo que necesitamos, el tamaño medio de las empresas es demasiado reducido, el relevo generacional preocupa en muchos sectores y los déficits en infraestructuras restan competitividad a las empresas cada día.

En 2024, el PIB per cápita era de 37.477 euros en Cataluña y de 44.749 euros en Madrid. Esta diferencia no se explica por un único factor, pero sí apunta a uno de los grandes retos que tenemos por delante: ganar productividad y convertir una economía resiliente en una economía capaz de liderar.

Desde Pimec llevamos tiempo defendiendo que el principal problema no es que Cataluña tenga muchas pymes. Al contrario. Las microempresas y las pequeñas y medianas empresas constituyen la columna vertebral de nuestra economía y representan prácticamente la totalidad de nuestro tejido productivo. El problema es que demasiadas empresas que quieren crecer no pueden hacerlo.

Cuando una empresa se encuentra con barreras administrativas, dificultades para acceder a la financiación, una fiscalidad que no incentiva la reinversión, problemas para encontrar suelo industrial o trabas para afrontar el relevo generacional, lo que se limita no es solo su crecimiento. También se limita la productividad del conjunto del país, la capacidad de innovar, la internacionalización y, en definitiva, los salarios que podemos ofrecer.

Esta es, probablemente, la gran diferencia entre centrar el debate en la rivalidad territorial o hacerlo en la competitividad. Es evidente que Madrid disfruta de ventajas estructurales asociadas a su condición de capital. Concentrar ministerios, organismos reguladores, sedes corporativas y centros de decisión genera un efecto tractor difícilmente reproducible en cualquier otro territorio. Es un hecho. Pero también sería un error utilizar ese argumento como una excusa permanente.

Hay muchos factores que sí dependen de nosotros. Depende de nosotros simplificar la burocracia. Depende de nosotros facilitar que las empresas ganen dimensión. Depende de nosotros reforzar la conexión entre universidades, centros tecnológicos y pymes. Depende de nosotros acelerar la digitalización, impulsar la innovación y favorecer el relevo empresarial. Y también depende, en buena medida, de las administraciones corregir déficits que desde hace demasiado tiempo restan competitividad al país.

Las infraestructuras son un ejemplo evidente. El Corredor Mediterráneo sigue siendo una pieza estratégica para una economía exportadora como la catalana. Rodalies continúa generando costes cotidianos a miles de trabajadores y empresas. Y la falta de suelo productivo o unos precios energéticos poco competitivos condicionan las decisiones de inversión industrial.

No se trata solo de una percepción. Durante años, el grado de ejecución de las inversiones ferroviarias en Cataluña ha sido muy inferior al de Madrid. Cuando una infraestructura no se ejecuta, no solo queda una obra pendiente: se pierden horas, productividad, fiabilidad logística y capacidad para atraer inversiones.

No son reivindicaciones identitarias. Son factores económicos.

Europa está entrando en una nueva etapa marcada por la reindustrialización, la transición energética, la digitalización y una mayor autonomía estratégica. Cataluña llega a este escenario con una posición privilegiada gracias a su tradición manufacturera, su potencial exportador y su ecosistema de innovación. Pero estas ventajas solo se convertirán en liderazgo si somos capaces de transformarlas en una mayor productividad y en empresas más fuertes.

Por eso, más que preguntarnos constantemente qué hace Madrid, convendría preguntarnos qué podemos hacer mejor nosotros. Cataluña no necesita construir su futuro desde la confrontación. Necesita construirlo desde la ambición.

El objetivo no es superar a Madrid en un ranking. El objetivo es que nuestras empresas tengan más facilidades para crecer, innovar, exportar y generar empleo de calidad. Si lo conseguimos, el liderazgo económico llegará como una consecuencia natural.

Porque, al fin y al cabo, la mejor manera de competir es dejar de mirar constantemente al competidor y concentrar todos los esfuerzos en ser cada día un poco mejores que nosotros mismos.

Carles Mas, director del Área de Economía y Empresa de Pimec

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